La Medicina integrativa engloba la medicina convencional y la medicina natural, para poner a disposición del paciente todos los instrumentos posibles para su curación. Se trata de no menospreciar la potencialidad de la medicina natural, aceptando a su vez, el enorme papel que la medicina convencional ha tenido en la mejora de la calidad de vida y en la supervivencia de la población. Este tipo de medicina integral atiende los aspectos globales del individuo; fisiológico, psicológicos, nutricionales y sociales. Es importante destacar que la enfermedad, en muchas ocasiones, aparece como consecuencia de malos hábitos alimenticios y conductuales, que provocan un debilitamiento de nuestro sistema inmune. Mantener el organismo desintoxicado y un sistema inmune sano y fuerte es la manera más efectiva de evitar la enfermedad. (Ver reportaje)
La Medicina integrativa permite abordar pacientes con enfermedades crónicas que hasta ese momento recibían un tratamiento meramente paliativo, en vez de curativo. El abordaje integral, combinando tratamientos convencionales con alternativas terapéuticas complementarias, potencia los resultados enormemente.
¿Por qué la medicina integrativa es diferente?
Porque se trata de una medicina orientada a la restitución de la salud, lo que supone un análisis global de las causas que originan una determinada patología. Este nuevo modelo de asistencia sanitaria brinda la posibilidad de reducir la medicación tradicional (antiinflamatorios, ansiolíticos…) al incorporar suplementación ortomolecular que nos permite utilizar principios activos naturales a concentraciones terapéuticas.
La Medicina Integrativa resalta el papel fundamental que ejerce la nutrición a la hora de producir mejoras en los pacientes a través de un programa nutricional individualizado y ajustado a su enfermedad.
El ser humano dista hoy del homínido que hace millones de años iba emergiendo del cuerpo animal. Sanar el ser humano es un arte bien distinto de curar cobayos, de los que hemos extrapolado buena parte de nuestros conocimientos médicos. Tenemos conciencia de la conciencia, reflexionamos, nos anticipamos al futuro, creamos, nos realizamos personal y socialmente, tenemos necesidad de trascender.
La cultura y los sistemas de creencias son un aspecto de la epigenética que determina cómo se expresa la genética. Han cambiado tanto nuestras relaciones y sistemas de creencias que no podemos pensar que nuestra expresión genética sea hoy igual a la de hace unas décadas. No somos iguales al ser humano para el que se fueron diseñando hace tiempo los distintos sistemas médicos. El software o programa del ser humano no es el mismo del homínido que va emergiendo del mundo animal: ha cambiado el uso del hardware o el disco duro de la biología, nuestros modos de vernos y relacionarnos se han transformado con la conectividad del cerebro. Las redes sociales han borrado las fronteras de la faz de la tierra, y los antiguos procesos de evolución lenta y vertical a través de la transferencia de información genética, han cedido el paso a la transferencia de información horizontal que cambia los programas que resuenan en el instrumento de la biología. Ni la música, ni la danza son iguales. Nuestra medicina no puede ser ya la misma. Estamos en mora de integrar lo que ya se ha integrado en otros niveles de la cultura. Necesitamos hoy más que nunca de una medicina sin fronteras donde lo mejor de todos los territorios terapéuticos de las diferentes culturas esté al alcance de todos los seres humanos.
Para no confundir el mar de la vida humana con un oleaje superficial y pasajero, necesitamos hoy una inmersión en el océano de las profundidades, en el de una ciencia que no puede estar exenta de conciencia.
Hemos ascendido por nuestra biología a dimensiones emocionales y mentales de la conciencia, que ya no se pueden disociar de nuestras medicinas. Necesitamos de la psicología como de la ortopedia, de la tecnología como de la ética, del médico cirujano como del sanador. Necesitamos de la sabiduría sencilla del chamán y el curandero, de la solidaridad subjetiva de los grupos de oración, de la promesa que hoy nos trae la emergente ciencia de la compasión.
Necesitamos integrar el inmenso territorio de las distintas especialidades en el común denominador del paisaje de la vida, para que los árboles no nos impidan ver el bosque. Necesitamos hoy considerar también la necesaria inmersión en los maravillosos detalles de cada especialidad, para que el bosque no nos oculte la belleza de los árboles.
Necesitamos saber que todos los territorios médicos, los de todas las culturas, son complementarios, que no hay en ese sentido medicinas alternativas, y que la única alternativa que tenemos todos, desde toda medicina, es servir sin condición la vida. Con todas las medicinas podemos hacer una sola medicina, la que sirve. Cualquiera que sea su fuente, todas, con todos sus medicamentos y sus técnicas, se nutren de una sola esencia: el servicio. Servir es el mejor modo de poner en movimiento el más efectivo de todos los medicamentos: el amor.
Necesitamos una medicina integrativa para que los servicios de salud sean lo que son: una corriente de servicio. Para que los sistemas de salud promuevan la salud y no sólo se dediquen a atacar la enfermedad. Para que lo mejor de todos los sistemas médicos del mundo confluya en una corriente en la que nuestra atención sea tan científica como humana. Para que nuestra medicina tenga alma.
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